¿Se puede llevar una vida disoluta y sostener una exitosa carrera profesional? No aspiro a tener una respuesta absoluta, me conformo con aproximaciones relativas que permitan aprender.
Dado que mi actividad consiste en el acompañamiento de profesionales de variados sectores, gozo de un muestreo que -observado con interés y cariño- permite alcanzar respuestas parciales que comparto.
¿Qué evidencias me avalan? Veinte años de ejercicio profesional como consultora senior, cierta expertice en alta dirección, un millar de clientes, multinacionales y empresas familiares, hombres y mujeres, junior y senior, españoles y extranjeros, ricos y no tanto...
Hace dos años trabajé con una directiva de vida disoluta -expresión que ella utilizaba con sarcasmo cuando aludía al ocio nocturno, las copas y relaciones simultáneas-. Pura descripción de los hechos. Cero juicio. Ella narraba su contexto, yo escuchaba y direccionaba la conversación hacia el negocio cuya complejidad alcanzaba la gestión anual de quince millones de euros.
El liderazgo en posición de Ceo de una compañía es de una exigencia extrema: no basta con la experiencia y el conocimiento, no basta con el compromiso y la dedicación, no basta con el olfato y las habilidades blandas... Tampoco basta con la mirada oblicua sobre el análisis de datos, ni con transferir la responsabilidad del negocio al Comité de Dirección y por supuesto no basta con dejar la compañía al fluctuante vaivén del mercado. Ni siquiera es suficiente con tener la legitimidad de los propietarios, ni con el seguimiento de una fracción de los principales directivos que resuelvan lo esencial...
No sé a ustedes, pero a mi me resulta difícil conciliar las exigencias del puesto de director general con una vida disoluta -por utilizar el término de mi directiva-. Sus días estaban llenos de jaquecas, citas y fiestas, a veces confundía los nombres de sus directivos y en la empresa llegó un momento en el que nadie esperaba que los proyectos se entregasen en plazo. Por si fuera poco, con frecuencia perdía los nervios, alzaba la voz y discutía en presencia de terceros. No pintaba bien. ¿Por dónde empezar?
No quisiera que se me interpretase mal. No me parece razonable exigir a un Ceo que viva como un samurái en el monasterio Rinzai (Japón), pero cierta dosis de auto disciplina, mesura, contención, equilibrio, descanso y armonía favorecen la gestión de los negocios. Aunque seré radicalmente honesta: hace una década trabajé con un directivo que era un dos en uno: un crápula de noche y un samurái de día. Tenía energía infinita y una mente privilegiada, pero considero que es la excepción que confirma la regla. En cuestión de negocios la vida disoluta no ayuda. Me encantará conocer su experiencia-opinión.

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