sábado, 21 de septiembre de 2019

Hablar de dinero es ser profesional. Punto.




Una financiera a la que entreno y yo estuvimos el viernes preparando una entrevista de trabajo, última de una ronda antes de incorporarse a un poderoso Fondo de Inversión. Ambas conocemos nuestras fortalezas, debilidades, estilos y recurrentes patrones de auto-limitación, auto-sabotaje.

Dado que tengo veinte años más que ella y me otorga su confianza, las sesiones de trabajo suelen fluir con una moderada polaridad tensional.

El viernes, sin embargo, encallamos cuando le pregunté qué "condiciones" iba a poner sobre la mesa antes de otorgar su beneplácito a la nueva (y atrayente) posición. Volvió a recordarme el poderío de la compañía, la oportunidad de aprender y desarrollarse, y el traslado a una gran capital europea... Conociendo su resistencia a hablar de dinero insistí en mi pregunta: ¿Qué condiciones pondrás sobre la mesa?




Media hora después aún resoplaba mientras tomaba nota de su propio argumentario: O.K. mi trayectoria tiene un valor de mercado y mi experiencia y mi actitud de darlo todo, y mis conocimientos y me sentiré frustrada si no hay un equilibrio entre dar y recibir... O.K. pondré sobre la mesa que si todo va bien (y cumplo sus expectativas) en un par de años espero me ubiquen en una una horquilla salarial entre tantos y tantos mil euros anuales.

Nuestra sesión se extendió media hora más de lo previsto hasta que ambas sentimos que la digestión argumental avanzaba a la par de su convencimiento y coraje para ponerse en valor, algo en lo que son flojos la mayoría de los grandes profesionales y -especialmente- las mujeres. La catedrática de sociología organizacional de la Universidad de Alcalá de Henares, Alicia E. Kaufmann, ha investigado el comportamiento de las mujeres en contextos productivos y ha alcanzado la conclusión de que -en general- tendemos al auto boicot, el anonimato y a regalar (o devaluar) el precio de nuestro talento.


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