jueves, 20 de diciembre de 2018

¿Cuándo abandonar un proyecto?



A veces las balas pasan cerca de mi osamenta y -aunque no me alcanzan- hieren a otros. En ocasiones los damnificados son responsables de alguna catástrofe laboral, en otras son inocentes.

Caen maltrechos y yo -que estoy cerca como agente de cambio- he de aceptar mi escaso margen de maniobra y mis limitaciones para modificar el rumbo de las grandes corporaciones.  Llegado el caso, agito cuanto puedo las estructuras para que sacudan su polvo miserable, mantengo conversaciones reflexivas con las partes implicadas y dialogo hasta la extenuación buscando luz al otro lado del túnel: la salida honorable. Algunas veces lo consigo, otras no.

Las balas silban cerca de mi osamenta y -aunque no me alcanzan- hieren a profesionales inocentes sobre los que otros vuelcan medias verdades que deforman la realidad (los hechos). Entonces me siento triste y -por más que ame el proyecto y reconozca la bondad de  muchos- sé que ha llegado el momento de partir.



¿Que gestos, actitudes, acciones, escenarios...
 se tornan relevantes 
para intuir que se acerca el momento de partir? 


Cuando en un proyecto los profesionales dedican más tiempo al vacuo cuchicheo parlanchín que a producir. Cuando los rumores corretean por los pasillos como las ratas por el sótano. En el instante mismo en el que ha desaparecido la confianza entre las personas. Cuando la información llega segmentada. Justo cuando los resultados se vuelven menos relevantes que las relaciones. En el momento en el que el ego se coloca por encima del bien común. Justo cuando los profesionales ven la paja en el ojo ajeno y nunca descubren la viga en el propio. Y -sobre todo- cuando se produce un acto de traición a los valores de la compañía, una deslealtad a los compañeros, un fraude ético o una imprudencia temeraria que hace peligrar años de esfuerzo sostenido.




En mi trayectoria profesional he abandonado tres encargos por una o varias de las razones expuestas y ha sido mi torpe manera de mostrar solidaridad con los damnificados y enfado con los atropellos. 

Cuando he tocado fondo he tenido que reconocer la impotencia de mi pequeñez para modificar el estatus quo de las organizaciones y he aprendido que el cambio -si ha de darse en una empresa- tiene que ser colectivo. ¿A qué aspiro? a construir equipos que transformen (de verdad) las organizaciones. 



Nota. Este post ha conseguido en Linkedin 4.300 visualizaciones en diez días (un record para mi) y me pone en la pista del ingente "sufrimiento innecesario" que se está produciendo en las organizaciones. Muchas gracias a las 32 personas que lo han recomendado y a los que han dejado sus comentarios en la red profesional.


2 comentarios:

Javier Moreno dijo...

Feliz Navidad Azucena, como puedes ver procuro leer tu blog.

Un sincero abrazo.

Javi

Azucena Vega Amuchástegui dijo...

Javiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!! Me alegra mucho te asomes -de vez en cuando- a mi bitácora, donde comparto a chorro lo que acontece (me acontece). Que nada / nadie te aleje del humor, la lucidez, el sentido crítico, la alerta de ardilla... Te deseo un 2019, fabuloso, Javi. Un fuerte abrazo, desde San Sebastián.