miércoles, 24 de junio de 2026

La trampa de la adulación

 

Los aduladores son óxido inyectado en la grieta que carcome las entrañas de la empresa. Ellos van a lo suyo (carrera profesional), pero se cargan lo de todos (empresa). Y aunque no ocurre de un día para otro, tampoco hace falta un lustro para comprobar sus devastadores efectos en las organizaciones.

Los aduladores pervierten el sistema porque consiguen que se valore la apariencia frente a la realidad, la cacharrería vocinglera frente a la sinfonía productiva. En una palabra, consiguen que se perciba el espejismo de un oasis en una zona desértica.

La adulación a quien ostenta el poder lleva con frecuencia a la promoción -objetivo último del arribista-. ¿Por qué? porque el masaje al ego de los directivos tiene rédito y porque el ego pagado de sí mismo tiende a cometer errores como confundir las cegadoras luces de neón con la genuina aportación de valor a la compañía.




El espectáculo de la promoción de arribistas tiene efectos perversos en la plantilla que oscilan de la tristeza a la indignación pasando por el desconcierto y la apatía. Finalmente los trabajadores alcanzan una conclusión binaria: o te conviertes en un adulador, o te pudres en el anonimato empresarial. A esta altura de la película el daño a la cultura organizacional es casi irreversible: desaparecen las conversaciones difíciles y la discrepancia basada en datos, muere el sentido crítico y se impone el pensamiento único -el de quienes ostentan el poder y la influencia aplaudidos por una corte de aduladores-. El óxido ha hecho su trabajo y el sistema se corrompe.

Como colaboradora externa he transitado más de trescientas empresas. El muestreo atestigua que si bien los aduladores han existido siempre, ahora son más numerosos y más hábiles en el manejo de recursos que les permiten hacerse visibles, proyectar luces de neón y conseguir golpes de efecto ante la cúpula directiva. Las plataformas digitales favorecen la proyección de los arribistas en las videoconferencias corporativas, los chats internos de las empresas o en las redes profesionales como Linkedin.

Aduladores habrá siempre, pero entre las destrezas de un buen directivo podemos destacar su objetividad (decisiones basadas en datos), gestión del ego (evitar ser manipulados), conocimiento y criterio (valorar lo relevante para la compañía), madurez argumental ante discrepancias y conversaciones difíciles, sentido de la equidad y la justicia y -sobre todo- alerta máxima ante quienes se posicionan como un faro en altamar y son cerilla de candela. Apelo al sentido de la responsabilidad de la clase directiva y de los consejeros -no exentos del mismo mal de altura-.


Artículo relacionado. El País. TL 4 minutos.

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