Ayer tuve un bajón de azúcar. También de moral. Acaso una cosa llevó a la otra... ¡Quién sabe! Los viernes resultan cansinos por sobrecarga en el sistema.
Trabajo con personas, para las personas, que con frecuencia resultan un complejo conglomerado orgánico-emocional: enfermedad, abandono, exclusión, vejez, traición, pérdida de poder, de influencia, de casa, de salario.
Incluso los más exitosos resultan golpeados alguna vez por el deformado rostro de la sombra. No soy inerte. Acabo por apreciarles enormemente y -aun cuando su visión del mundo discrepe de la mía- termino por comprender algunos de sus "mapas mentales", por respirar con sus braquias, y por compartir el filtro solar con el que se protegen. Su dolor me alcanza.
Movilicé todos mis recursos y conseguí enderezar la tarde cuando las campanas de la iglesia repicaban las nueve de la noche. Llegué a casa, cené, y compartí con mi pareja la ilusión de visitar Paris antes del 29 de septiembre de este año. ¿Por qué esa fecha? -preguntó él, acostumbrado a mis intrigas- porque la exposición de
Ron Mueck en la
Fundación Cartier dura exactamente hasta ese día.
Esculturas hiper-realistas de humanos imperfectos ocupan las salas de la Fundación Cartier. Woman with sticks -agigantada al límite de mi pantalla- resulta inquietante en su gesto y mirada al punto de que mi mente traviesa cree percibir su esforzada respiración. Y de repente -como un eco en mi memoria- reverbera una pregunta lanzada el miércoles por Lucia ante el comité de dirección de su empresa cuando ya recogíamos los cuadernos: ¿Cuál es el secreto para que unas personas sean más fuertes que otras ante la adversidad, el conflicto interpersonal, los avatares económicos...?
Me quedé un rato pensativa, y ya fuera de la sala nos acercamos a la máquina de café donde la expectación ante mi respuesta sonaba más rotunda que la respiración de la woman with sticks. No es una de esas preguntas que despachas con un comodín, tampoco es mi estilo, además Lucía parecía buscar una honrada respuesta, así que me tome unos segundos y le pregunté qué le traían a ella los Reyes Magos. Tras el inicial desconcierto habló de juguetes, bicicletas y muñecas, de libros y cocinitas y hasta de unos pendientes diminutos de diamantes que le regaló la tía Coro que era joyera. ¿Y a ti? -me preguntó con curiosidad-. A mi solían traerme zapatos para ir al colegio y pinturas Alpino. Aún no entiendo porqué pero la reunión se disolvió sin que nadie reformulara la pregunta de Lucía. ?! Yo sigo buscando una respuesta sensata.