viernes, 11 de mayo de 2012

Lujo y nostalgia en Bilbao



Jamás pensé en alojarme en un cinco estrellas. Menos aún si cabe en el que representa para mí el epitome del lujo: el Meliá (antes Sheraton Bilbao) en cuya elegante cafetería-terraza hice tantos entrenamientos empresariales, hace años. Y aunque las cinco estrellas no mejoran un ápice el extenuado rostro que veo en el espejo, siento cómoda la piel que habito al desplazarme por el hall de transparentes ascensores con un gran termo de menta póleo que me acompaña mientras escribo en la habitación 706 que da al parque frondoso y verde como los leggins que utilizo de pijama.

Extenuado rostro pálido y un toque de tristeza que me muerde los talones, más el derecho que se lamenta de un trasiego de catorce horas fuera de casa (y lejos de mis zapatillas cotorruelo) más el arrastre de maleta entre calles con banderas rojiblancas, o entre bandejas rojiblancas que trazan calles mientras alcanzo la espaciosa habitación que desafía mi certeza de que el dinero no hace la felicidad.


Tengo tantas ganas de escribir -y tan poca energía- que me escindo entre deseos contrapuestos: ¿dormir? ¿darme un baño de sales en la espléndida bañera? ¿retomar el enamoramiento de Paul Auster con su Diario de Invierno? ¿poner al día el tiránico correo electrónico? ¿pensar en los diez mil proyectos que bullen y transforman mi cabeza en una ketel? ¿escribir? Los temas pelean entre sí para imponerse a las yemas de los dedos cuyas abandonadas uñas reclaman esmalte coqueto como el de Carmen, de Adegi. Glub. Reconozco mi inconsistencia: no les he contado la estupenda jornada de juegos que vivimos el pasado miércoles en la Asociación de Empresarios de Guipúzcoa con el pretexto de la visita-taller del ex-presidente de la ICF España, Luis Carchak, cuyos férreos seguidores igualan la intensidad de sus voraces enemigos. Luis parece contento por aquello de que más vale que hablen de ti... aunque sea mal. La invisibilidad es el precipicio de la nada, lugar donde hasta las piedras se resecan.

Han operado a mi madre de una pierna en la que han instalado un prótesis. Podríamos calmar el argumentario con esta historia y explicar al espejo del baño que mañana será otro día en el que la luz regresará a mi rostro pálido tras un descanso reparador. También podríamos creer que catorce horas de zumbido callejero son muchas, sobre todo para mi talón. Incluso nos resultaría comprensible que la astenia primaveral atacase el flanco débil del desánimo. No es eso. Yo sé que no es eso. Más bien tiene que ver con la jornada de supervisión que propicio Luis : la vivencia del silencio, las preguntas poderosas, y la brutalidad transformadora  de lo simple ¡la magia del coaching! Imprudente como soy, abrí la caja de galletas de la vulnerabilidad, desmonté la cobertura de la ketel, y permití que emergieran como corchos algunas verdades sepultadas en el río de la vida. Y aquí estoy: braceando en turbulentas aguas emocionales. Se me cierran los ojos. No suena el teléfono para darme las buenas noches. De repente recuerdo la época en la que mi hija diseñó unas tarjetas para el despacho con el logo de la amapola. Cuando le pregunté, dijo que me representaba porque se trata de una especie que sólo vive en libertad. Curiosamente, en la recepción del hotel  he ojeado The Times. Informa de la existencia de amapolas de color blanco, amarillo y naranja de la especie papaver nudicaule. La mutación en el color del pigmento de mi piel (de roja a blanca) quizá explique el estado de nostalgia ¿o será el contagio rojiblanco de las banderas?

1 comentario:

Unknown dijo...

Azucena Vega...me ha gustado descubrir tu sitio y tus opiniones bajo esa prosa inteligente.
Pero te quiero hacer una pregunta pedestre; soy cultora personal y por tradición de las inigualables zapatillas Cotorruelo, las planas con lengueta en particular. No estoy viviendo en Euskadi,vivo en América, pero voy todos los años una o dos veces...y ya no encuentro las zapatillas. ¿Me puedes pasar el dato de dónde conseguirlas??
Te agradezco mucho.
Soy médico psiquiatra y psicoanalista. De Dan Sebadtián, estudié en la Univ.de Navarra.