jueves, 25 de agosto de 2011

La apisonadora locuaz

Tres son las concesiones de Luisa Etxenike a la frivolidad: un reloj negro de esfera grande, un anillo negro en el dedo anular de la mano izquierda y unos pendientitos que brillan cada vez que se atusa el flequillo plateado. Punto.

Subida en el estrado como un náufrago que se aferra a la última balsa, dicta a chorro sus conocimientos ahogando el suspiro de cualquier discrepancia entre el coro mientras bisecciona textos de Aldecoa, Millás, Dagerman, Hemingway, Ribeyro, Borges... como otros realizan autopsias: pegada al pliegue de las frases, diríase de las sílabas, con un estilo implacable que espanta de un certero manotazo cualquier intervención.

¿Cuándo tiempo estarían dispuestos a permanecer sentados en un aula sin aire acondicionado, en verano, frente al mar, analizando quince líneas de un cuento? ¿Diez, veinte, treinta minutos? Nooo, entre dos y tres horas con aportes teóricos intercalados. Es para freakis y somos muchos, casi setenta procedentes de todos los recodos de la geografía nacional. ¿Por qué permanezco anclada a la silla granate? Porque me hace revivir una pasión cuyos rescoldos jamás se apagaron en mi: la literatura y la añoranza de la lectora que fui, unas brasas antiguas que me conectan al sueño de escribir, de trascender el efímero paso por la tierra. También porque olfateo el aire como un sabueso en busca de alimento ¿intelectual? Nooo espiritual ¿Eh? Trascendente.

Tres concesiones y dos las virtudes: la pasión y el compromiso, que acaso sean lo mismo. Puedo entender su vehemencia en la defensa de unos criterios narrativos cimentados sobre décadas de lectura, estudio y escritura, lo que me resulta difícil de digerir es la intransigencia hacia quienes por lógica escénica estamos situados en la zona de aprendices.

En los descansos me ha dado por pensar si no se toma más en serio a los personajes que a las personas, si acaso la literatura ejerce de seguro refugio en el que las reglas de juego son controlables por el narrador -ella en este caso-, y he recordado aquella idea de Pessoa para quien "la literatura es la manera más agradable de ignorar la vida".

Al llegar a casa he anclado los aprendizajes sobre la estructura narrativa, los comienzos, los finales, los diálogos, la voz, el cromatismo y la mirada. Al mediodía me han preguntado: - ¿Qué tal tu curso? Sin saber cómo, ni porqué, he contestado: " sujeto, verbo y estofado".

miércoles, 24 de agosto de 2011

Peter Pan en Altamar


Para celebrar su trigésimo quinto cumpleaños organizó una cena íntima en altamar con un puñado de amigos suyos y de Celia. La noche transcurrió entre cánticos de "cumpleaños feliz" en todos los idiomas, brindis serios y jocosos, botellas vacías en cubierta, escotes bronceados y la sonrisa permanente de Celia, la mujer enamorada con la que vivía desde hacía dos años.

Pasadas las tres de la madrugada se quedaron solos en proa contemplando las estrellas: aún faltaban dos horas para que amaneciese y, sin embargo, el horizonte despuntaba con extraña claridad cuando él le cogió la mano suavemente y le dijo: -¿Sabes, querida, eres la mujer más maravillosa que conozco -ahí carraspeó como siempre que reconocía un defecto de carácter- sin embargo -continuó- tengo que confesarte algo. -Tú dirás, Urdao- le contestó ella mientras retiraba con dulzura su mano de la otra gigantesca. Tras un silencio en el que realmente hubiera podido amanecer, sin mirarle a la cara y atusándose la patilla izquierda dijo: -No me siento capaz de mantener una relación de pareja-.

Ella creyó abrasarse en lágrimas de sal sobre la herida del abandono reiterado de los hombres a los que amaba. Se encerró en su camarote y trató de poner orden en sus ideas mientras recogía sus enseres. Entonces descubrió el anillo de la piedra roja. Aquel objeto representaba su compromiso con Urdao, en verdad su compromiso con el amor. Con determinación lo metió en el bolsillo derecho del vaquero donde permaneció apenas unos segundos: lo que tardó en subir a cubierta y lanzarlo bien lejos a la aurora boreal.

  • Relato de ficción para el taller de narrativa de Luisa Etxenike en los Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco 2011.

martes, 23 de agosto de 2011

Cerise Noire 21

-No hay nada más triste que tener que pedirle dinero a tu padre para una barra de labios- lanzó mi madre sobre el tapete de los Juegos Reunidos Geiper en el que mi hermana, ella y yo entreteníamos el frío del invierno.

Mis hombros eran frágiles para semejante peso. Supongo que ella se desahogaba con nosotras en ausencia de cualquier otro bálsamo a su decepción: mi padre no era un banquero, sino un bancario, cómo el diminuto hombre en el que se convirtió recordaba cada vez que escribíamos una carta a los Reyes Magos, con la ilusión de que existieran.

Siendo viuda -muchas barras de labios después- mi madre añora un alter-ego con el que medirse mientras disuelve el cola-cao del desayuno. La nostalgia ha tardado años en aflorar sepultada bajo infinitas capas de resentimiento.

En su casa con ascensor, butaca reclinable, y cunita para su yorkshire terrier, usa barras de labios de todos los colores. Sabremos que ha muerto el día que deje de usarlas, porque encarna la idea de "antes muerta, que sencilla". Su favorita es la Cerise Noire 21, cuyo primer ejemplar le regaló un marino... antes de que yo naciera.

  • Relato de ficción, escrito para el taller de narrativa de Luisa Etxenike, estos días en los XXX Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco.

lunes, 22 de agosto de 2011

Plusmarca



Al atardecer, la galerna me ha sacado de la playa. Para entonces yo ya había batido mi propia plusmarca: once travesías a nado desde la playa de hasta la isla, ida y vuelta, este verano. El año pasado hice diez y -tras anotarlo en mi agenda- me propuse ir a más en 2011 y sucesivos. Lo he conseguido, así que estoy contenta.

No es cuestión de obsesionarse con los números, sino de disfrutar y lo estoy haciendo a raudales: tras la jornada laboral, cojo la bolsa verde que dejo preparada el día anterior con las aletas, las gafas, la toalla, el libro... todo ¡listo! para salir hacia la playa: cuatro minutos exactos a pie, desde mi casa.

En realidad la galerna se ha quedado en un amago ya que -tras despeinar un poco las olas, y levantar una polvareda de arena- se ha tranquilizado al cuarto de hora. Una falsa alarma. Como dijo Montaigne: "Mi vida ha estado llena de terribles desdichas, la mayoría de las cuales nunca ocurrieron" ;-D

Durante el cuarto de hora de galerna me he puesto al cobijo en la cafetería acristalada del Eceiza donde hacen un cortado en vasito bastante apetecible. En la terraza, rodeada de setos y de pajarillos -que vienen a picotear los restos del azúcar-, he terminado la tercera lectura del The Business and Practice of Coaching, Editorial Norton (disponible en www.amazon.com), un excelente libro para entrenadores júnior y senior. Al cerrarlo, cuando el cielo ha vuelto a ser azul, una frase se ha quedado atascada en mi bucle neuronal. La formularé en su idioma original para no destrozarla: What kind of coaching can I do to change mi little piece of the world?

No sé a ustedes, pero a mi me conmueve la idea de que podamos impactar en una pequeña "porción" del mundo a través de nuestras acciones, allá donde estemos, con quien estemos, en el momento que estemos.

domingo, 21 de agosto de 2011

Chequeo Matinal

Tengo manías, lo reconozco. Cuando me despierto, conecto conmigo misma y me pregunto ¿cómo estás, Azucena? y hago un repaso rápido: ¿dolorcillos, molestias, tensiones? Primer chequeo, físico. ¿Y de moral? ¿Mustia, contenta, tranquila, pánfila, enérgica, gladiadora? Segundo chequeo, emocional. Como aún no vivo en un monasterio zen, para entonces ya hay movimiento en la casa, digamos que la sección de desayunos se ha puesto en marcha, quizá la lavadora espere que la programe, la ducha y la ropa están preparadas y la agenda abre sus fauces y amenaza con comerse todo el tiempo a la menor distracción. Entonces, una vez chequeado mi estado físico y emocional, me hago una tercera y última pregunta -mientras me dirijo a la toilette- ¿Qué harás Azucena? Y decido un par de acciones que equilibren, completen o contrarresten lo que he descubierto. Por ejemplo, si he detectado sueño puedo decidir una siesta o acostarme a las 10.30 p.m.; y si he detectado un dolorcillo en la espalda pensaré en llamar al masajista, ir a la piscina, o hacer unos estiramientos.

Esta mañana, al transitar por este rápido y maniático ritual de las tres preguntas: cómo estás, cómo te sientes y qué harás, la respuesta ha sido: intro... ¿intro? Sí, como la tecla del ordenador. Digamos que un poco magullada físicamente, con humor perruno y ninguna gana de intercambiar palabra con humanos. Intro: hacia dentro.

Después el día se ha recolocado a base de voluntad. Ya saben lo que ha demostrado la Universidad de Minnesota, que la felicidad tiene una composición exacta: el 50% es genético, el 10% circunstancial y el 40% restante depende de uno mismo, de cómo reacciona a lo que ocurre. Digamos que es nuestro cotidiano margen de maniobrabilidad, ¡y no es poco! Silencio. Beep. Intro.

jueves, 18 de agosto de 2011

¡Ay el blog!

Un director general DG al que entreno me ha preguntado hoy -con mucha cautela- si podía ofrecerme su feedback sobre el blog... Puesto que tenemos una consolidada relación de confianza, trabajamos juntos desde hace más de seis meses, y ambos somos bastante directos -más bien brutos- en nuestra comunicación, me ha sorprendido tanto protocolo.

He respirado profundamente, le he mirado con una sonrisa cómplice -que en realidad pedía clemencia-, y le he contestado que ¡por supuesto! que podríamos abordarlo al término de la sesión para no restar ni un segundo a su valioso tiempo empresarial.

Como saben todas aquellas personas con las que me relaciono, hay dos pasiones que (aún siendo de diferente dimensión) se encuentra en el núcleo blando de mi corazón duro: la sirena y el blog. La primera porque se trata de mi hija, y el segundo porque me permite expresar, expresarme con mayúsculas: lo que hay, cuando hay. Así que mi querido DG ha demostrado entereza y coraje al desear ofrecerme feedback sobre mi bitácora.

Después de tanto misterio, la cosa se ha quedado casi "en agua de borrajas" que dicen los castizos. "Lo que tengo que decirle, Azucena -nos tratamos de usted y estamos tan contentos- es que en los dos últimos meses su blog está un poco flojo en sus contenidos temáticos: que si ataques de cereza, que si feliz como una lombriz, que si princesas que no corren... un poco flojo, Azucena, y me inquieta porque disfruto mucho con su escritura."
?!
Tras meditar unos segundos sobre su reflexión, reconocer la exactitud de sus observaciones, y agradecer el seguimiento -es un hombre que selecciona hasta el extremo sus lecturas-, nos hemos despedido. Él se ha dirigido a su despacho y yo al mío comprometiéndome al análisis de los post de los dos últimos meses. ¡Tiene razón! Son un poco frikis si bien reflejan con honestidad mi sentir, mi ocio y mis hobbies veraniegos. En cualquier caso, iré retomaré de una "línea temática" más profesional... ¿Qué les parece?

martes, 16 de agosto de 2011

Ataque ¿de pereza o de cereza?

Llevo todo el mes de agosto en el Caribe sin haber volado a Sudamérica. Supongo que me ha picado algún tipo de mosquito, y aunque la colonización de mis neuronas ha sido indolora y silenciosa, el resultado es espectacular ya que ha diezmado mi disciplina congénita

Les cuento: Tengo la manía de hacer listas de ideas y proyectos a desarrollar, de gestiones administrativas pendientes, de objetos por reparar, ordenar, tirar... ¿me entienden? Estoy segura de que me entienden. Lo que siempre ha ocurrido es que miro los listados, me pongo a ello con un ritmo casi eficaz, voy tachando lo que realizo, y al final de la jornada me siento feliz, como una lombriz.

Este agosto 2011 no está funcionando así en absoluto: mantengo el hábito de hacer listas al final de cada jornada pero al día siguiente opto tranquila, serena, plácidamente, por no hacer casi nada de lo planificado sino aquello que me pide el cuerpo, el alma, o el mosquito del deseo que se me ha colado hasta la médula. Duermo diez horas, leo mucho, arreglo las plantas, cojo la bicicleta para tomarme un helado de nata en la otra punta de la ciudad, coso adornos en la ropa, contemplo los fuegos artificiales desde la playa, me compro objetos bellos que no necesito, acumulo cuadernos de diseño, y me lanzo desde casa al mar en cuanto atisbo baja la marea. En fin, Serafín, que hago -exactamente- lo que me da la gana lo cual hace que al término de la jornada me sienta feliz, como una lombriz.

Si con ambos métodos alcanzo idéntico resultado... ¿a qué viene fustigarse?

Anestesiado por la picadura del mosquito, mi Pepito Grillo interior anda un poco despistado pero no muerto, por lo que calibra que este ritmo caribeño no sería sostenible en el tiempo, así que me tira de la manga y anima a retomar el timón de mis quehaceres, aquellos que elijo como destino para desarrollar mi potencial. Digamos que apela a la coherencia entre mi comportamiento y aquello en lo que realmente creo: que podemos ser felices -alcanzar la dichosa autorealización de Maslow- mientras surcamos la reseca tierra. Me pongo a ello ¡¡ahora!!